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Última actualización: 28/2/2020
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Healy D. Serotonin and depression
British Medical Journal (BMJ)
21 de abril 2015
Volumen 350 página(s) h1771

Los ISRS fueron comercializados a finales de los ochenta, unos 20 años después que hubieran sido calificados de irrelevantes. Este retraso se debió a que era necesario encontrarles una indicación. Una idea lanzada en 1960 según la cual en la depresión las concentraciones de serotonina podrían estar disminuidas había sido rechazada. En ensayos clínicos los ISRS se mostraban inferiores a los tricíclicos en el tratamiento de la depresión grave (melancolía).

Cuando a principios de los ochenta se expresaron los primeros temores sobre la dependencia de hipnosedantes, se intentó sustituir las benzodiacepinas por buspirona; esta maniobra fracasó; los pacientes esperaban un efecto inmediato sobre la ansiedad, los médicos temían ya la dependencia.

Las compañías farmacéuticas modificaron el mensaje y optaron por comercializar los ISRS para la depresión, a pesar de ser menos eficaces que los tricíclicos, y vendieron la idea de que la depresión era la enfermedad subyacente a las manifestaciones superficiales de ansiedad. Esta estrategia tuvo un éxito increíble; un elemento central era la idea de que los ISRS restauran los niveles de serotonina a valores normales, una noción que luego se convertiría en la idea de que corrigen un desequilibrio químico. Los tricíclicos no habían sido comercializados con estos argumentos.

El mito de la serotonina

En los años noventa era imposible vender el mensaje de la serotonina disminuida. No se apreció correlación entre la potencia inhibidora de la recaptación de serotonina y la eficacia antidepresiva de cada fármaco. No se sabía si los ISRS aumentan o disminuyen los niveles de serotonina. No hay pruebas de que este tratamiento corrija algo.

La teoría de los niveles de serotonina enraizó más entre el público que en el mundo de la psicofarmacología. El mito se extendió al mercado de las medicinas complementarias. Los mensajes de este sector suelen recomendar a la gente que coma alimentos o que realice actividades que incrementarán sus niveles de serotonina. También se extendió a los psicólogos y otros, quienes por ejemplo intentan explicar la importancia evolutiva de la depresión en términos de la función del sistema de la serotonina. Además, la teoría de la serotonina le ofrece al médico una forma de comunicación breve con el paciente. Para el paciente, la idea de corregir una alteración tiene una fuerza moral que es de esperar que sea más poderosa que los escrúpulos que algunas personas pudieran tener sobre la toma de un tranquilizante, sobre todo cuando es presentado con el atractivo mensaje de que el malestar no es una debilidad.

Desvío costoso

Mientras tanto se marginaron otros tratamientos más eficaces y menos caros (los tricíclicos). Esto es un problema, porque no se ha demostrado que los ISRS sean eficaces en la depresión asociada a un riesgo elevado de suicidio (melancolía). Además esto coincidió con el abandono de la prosecución de la investigación sobre trastornos biológicos conocidos asociados a la melancolía (aumento del cortisol); los ISRS son ineficaces en los trastornos del humor asociados a cortisol elevado.

En 20 años se ha llegad a una situación en la que el número anual de prescripciones de antidepresivos en el mundo es algo más alto que el número de personas que viven en el mundo occidental. La mayoría (9 de cada 10) de las prescripciones de ISRS son para pacientes a los que les costó dejar de tomar el fármaco. A menudo a estos pacientes se les aconseja que prosigan el tratamiento, porque sus dificultades indican que necesitan proseguir el tratamiento, al igual que un diabético necesita la insulina.

Mientras tanto los estudios que sugieren que la ketamina, un fármaco que actúa sobre los sistemas del glutamato, es un antidepresivo más eficaz que los ISRS en el tratamiento de la melancolía plantean más dudas sobre la relación entre serotonina y depresión.