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Última actualización: 20/11/2018
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Summerfield D. NHS antidepressant prescribing: what do we get for £266m a year?
British Medical Journal (BMJ)
6 de marzo 2018
Volumen 360 página(s) k1019

El Royal College of Psychiatrists y los medios de comunicación suelen informar que existe “una epidemia” de trastornos mentales, que afecta a una de cada cuatro personas en el Reino Unido, y tres de cada cuatro no reciben el tratamiento que necesitan. Estas afirmaciones de exageración de enfermedades han sido recicladas durante tanto tiempo, que se han convertido en verdades sociales no puestas en duda.

Cuando la medicalización de la vida cotidiana y la modificación de “la mente” son confirmadas por la profesión y difundidas, el lenguaje del déficit psicológico resulta insertado en el imaginario colectivo. Las personas dejan de sentirse estresadas para sentirse “enfermas”, de manera que las emociones negativas son modeladas como un problema de salud mental. A medida que se reivindican y se crean recursos sanitarios adicionales en salud mental, se alimenta un círculo vicioso. Dice el autor: “Cuando era psiquiatra en un medio laboral, a menudo la “psiquiatrización” de los problemas de la vida los perpetuaba”.

Cuanto más intensamente promuevan sus tecnologías (como los antidepresivos) las personas involucradas en salud mental como intervenciones necesarias en casi todas las áreas de la vida, más se degradan las suposiciones colectivas sobre la capacidad de adaptación del ciudadano medio. Ivan Illich denominó a este fenómeno “yatrogenia cultural”. Se puede formular el siguiente aforismo: El ciudadano medio es tan vulnerable o tan adaptable como lo espere la sociedad en la que vive.

¿Puede alguien argumentar seriamente que la sociedad británica está más sana y es más feliz como consecuencia de nuestra epidemia de prescripción de antidepresivos (64,7 millones de prescripciones en 2016, y se hacían unos 9 millones en los años noventa)? Los antidepresivos le costaron al NHS 266 M£ en 2016, sólo en costes directos. En estos tiempos de medicalización, no hay etiqueta diagnóstica aplicada de manera más indiscriminada que la de “depresión”.

David Healy describe la idea de unos niveles anormales de serotonina conectados a la depresión como “la comercialización de un mito”. Hasta ahora no se ha encontrado todavía una anormalidad biológica en el cerebro de las personas diagnosticadas de depresión, y por eso el mismo término “antidepresivo” denota una falsa especificidad.

Los antidepresivos tienen efectos sedantes inespecíficos, pero hasta ahora esto es todo lo que se puede decir de estos fármacos. Los metanálisis de ensayos clínicos demuestran que los antidepresivos luchan para demostrar su superioridad sobre placebo. Es muy significativo que los académicos de la psiquiatría consideren que las puntuaciones que no son superiores a placebo en más de una tercera parte, como evaluaciones limitadas a ocho semanas, constituyan pruebas suficientemente sólidas para prescribir estos fármacos de manera masiva.

“A menudo mis pacientes describen la realidad de que en el Reino Unido la vida se está haciendo más difícil: la divergencia entre ricos y pobres se ensancha, el estado de bienestar se adelgaza, y el empleo es cada día más precario. El Arzobispo de Canterbury califica de “roto” nuestro modelo económico. Muchas personas que son diagnosticadas de depresión podrían ser consideradas en realidad como portadores del sufrimiento social genérico. El médico puede hacer muy poco para alterar el medio social del paciente, pero siente que debe hacer algo, y en consecuencia prescribe un antidepresivo por reflejo. Esta “epidemia” de depresión deja que el orden político y económico neoliberal salga de rositas”.

En la cultura contemporánea, la depresión se ha convertido en la palabra dominante para hacer referencia al malestar, y ha eclipsado otras expresiones como pena, tristeza, desesperación, melancolía, amargura o miseria. En este proceso hemos perdido algo que no puede ser compensado con la prescripción de antidepresivos. Sería deseable reequilibrar todo eso. Se podría empezar por que los psiquiatras sean más honestos y menos exagerados sobre los mensajes que difunden en la sociedad.
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