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Última actualización: 19/10/2018
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Wilke RA, Freeman JW. Potential health implications related to fracking
Journal of the American Medical Association (JAMA)
7 de noviembre 2017
Volumen 318 nº 17 página(s) 1645-6

Antes de la introducción de la tecnología del fracking, cantidades enormes de gas y combustibles fósiles naturales eran inaccesibles con los métodos convencionales de perforación. No se podía extraer las reservas de petróleo de la pizarra bituminosa (embebida con petróleo) que se encuentra con frecuencia debajo de las formaciones geológicas más porosas.

En la última década el fracking y la perforación horizontal de pozos han permitido el acceso a estratos de roca más profunda y menos porosa, que contiene cantidades enormes de petróleo. Se inyectan grandes volúmenes de agua en la pizarra bituminosa, junto con ácido, surfactante y arena.

El fracking ha situado a EEUU como uno de los principales productores de petróleo en el mundo. En la actualidad más de la mitad del consumo nacional de petróleo y gas procede de fracking. Con esta tecnología se han perforado más de 100.000 pozos en EEUU en diez años. En 2014 se estaban explotando casi 30.000 nuevos pozos en EEUU cada año. En 2017 se explotan unos 20.000 cada año.

No obstante, esta tecnología agresiva implica riesgos para la salud.

Por una parte, el fracking empeora la calidad del aire. En las regiones en donde se practica con mayor intensidad se han registrado brotes de ataque agudo de asma; por ejemplo, los inicios de tratamientos con corticoides fueron unas cuatro veces más frecuentes en las zonas afectadas.

También es objeto de preocupación la exposición laboral a sílice (procedente de la arena), y el riesgo consiguiente de silicosis, con las consiguientes patologías autoinmunitarias que puede desencadenar.

Los líquidos y productos químicos que se inyectan en el fracking también implican riesgos. Millones de metros cúbicos de este líquido inyectado para fracturar las rocas retornan a la superficie; contienen concentraciones elevadas de metales pesados (bario, manganeso, hierro), productos radioactivos (radio) y compuestos orgánicos (benceno, tolueno, xilenos, aceite y grasas). Este flujo es reutilizado (reciclado para fracking), evaporado en piscinas de superficie, o transportado e inyectado en pozos de depósito más profundos. En la actualidad, hasta un 95% del agua residual generada por el fracking es inyectada en pozos de depósito.

El bajo pH de los ácidos añadidos a la mezcla para el fracking moviliza metales pesados de la roca. Será necesario estudiar cómo esto afecta al funcionalismo renal.

Recientemente se ha publicado un artículo que describe una serie de casos de intoxicación aguda autolesiva por ingesta de líquido de fracking, “asociados” (no se entiende si parecidos clínicamente o atribuibles a) intoxicación por metanol.

Los metales pesados tienen gran afinidad por el sistema nervioso. Por ejemplo el manganeso se fija en los ganglios basales e incrementa el riesgo de enfermedad de Parkinson, y el mercurio es causa de neuropatía periférica.

Dado que el metilmercurio es una neurotoxina más potente que el mercurio inorgánico, se estudia el efecto del fracking sobre la biodiversidad y la organificación del mercurio (conversión a metilmercurio por gérmenes acuáticos).

Dado el gran volumen de agua residual generado por el fracking, es necesario vigilar la calidad del agua. Se debe evitar la contaminación cruzada entre aguas residuales de fracking y agua potable. Más de un 10% de la población de EEUU obtiene el agua de fuentes no públicas, entre ellas pozos de agua privados que suministran agua a una residencia.